Las noticias de comienzos de año en Colombia muestran un mayor número de menores de edad muertos o gravemente heridos, con respecto al año pasado, en accidentes, imprudencias, descuidos e irresponsabilidad.
Desde mediados de diciembre pasado, conocemos numerosos casos de niños quemados porque sus padres no tuvieron el cuidado de impedir que manipularan pólvora o, peor aún, los impulsaron a que lo hicieron en un tergiversado concepto de la virilidad que les ha costado demasiadas lágrimas.
En el lapso del cambio de año, volvieron a presentarse los menores heridos, porque a sus imprudentes y descuidados padres se les dio por mostrar su júbilo festivo haciendo tiros al aire.
En los últimos días más de diez niños fueron arrastrados por las olas o las fuertes corrientes de esta época en las playas de la costa atlántica y las aguas de caudalosos ríos. El sábado, un menor le disparó en el cuello a otro mientras jugaban y le causó la muerte, porque manipuló el arma sin estar consciente de que se trataba de una herramienta letal.
El aumento de los casos en los que las víctimas son menores de edad se produce porque en la época de Navidad y Fin de Año, el descuido y la despreocupación de los padres aumenta proporcionalmente con la relajación y el ambiente de fiesta y licor que reduce la percepción de los riesgos.
El denominador común de estos hechos dolorosos es la irresponsabilidad y no la mala fortuna, como muchos padres quieren creer para mitigar un poco el cargo de conciencia.
Es cierto que nuestras vidas son frágiles y sometidas a la suma de millones de circunstancias que no están bajo nuestro control, que los peligros están a la vuelta de la esquina y en muchas ocasiones no podemos prevenirlos ni evitarlos, pero cuando dejamos de cumplir las mínimas normas de prevención, cuando somos descuidados y nos olvidamos de eludir el riesgo, cuando por pereza o por no salir del estado de gozo y alegría en que nos encontremos, dejamos de estar pendientes de nuestros hijos, relajamos excesivamente la vigilancia sobre sus pasos, nos olvidamos de preguntarles a dónde van y con quién, confiamos demasiado en su buen juicio, aunque todavía son muy pequeños para eso.
Cuando hacemos todo eso, estamos aumentando dramáticamente las posibilidades de que sean víctimas de un accidente o de una agresión.
No sobra recordar también que no es extraño tampoco ver menores de edad manejando vehículos a gran velocidad y en vías de alto flujo de tráfico. Es otra cara del descuido y, en el fondo, de la irresponsabilidad de los padres.
No importa la razón –que queramos complacer a nuestros hijos, que nos de pereza controlarlos o que nos descuidamos –, el resultado de la irresponsabilidad es demasiado doloroso y amargo y el año nuevo se ha encargado de recordárnoslo. |